Una aventura apasionante

¿Qué es lo más importante que le puede pasar a alguien en el último minuto de su vida?

¿Qué es lo más importante que le puede pasar a alguien en un minuto cualquiera de su vida?

Cuando me puse, por fin, a hacer cine (digo por fin porque es lo que quería hacer en la vida con quince años, aunque después las cosas rodaron de manera que sólo pude entregarme a mi vocación frustrada 37 años más tarde) quería dedicar mi primera película al tema que me obsesionaba, porque lo creo previo y superior a cualquier otro.

Recuerdo aún la consternación que sentí, y que sigo sintiendo, cuando supe por primera vez que había un grupo social, un partido, cuyo concepto del embarazo lo contemplaba como un estorbo fácilmente liquidable. Fue leyendo el programa con el que arrollaría en las elecciones y que abriría las puertas al aborto legal en España. Era junio de 1982. Yo era un estudiante de Periodismo que allá en la Complutense abría el periódico sobre el pupitre minutos antes de comenzar un examen. Mi visión de la política empezó a cambiar entonces, y mi idea de a qué debía encaminar mis desvelos también.

Por eso tuve muy claro que mi primer cortometraje debía girar en torno a la vida del no nacido, a las amenazas de muerte que se ciernen sobre él, con la ley en la mano, y a la experiencia de una mujer inmersa en ese torbellino.

Cogí la historia y la mezclé con algo profundamente visual en la ciudad donde nací y donde vivo. Desde el balcón de mi casa veía cada Viernes Santo pasar a la cofradía de la O. Siempre fue un misterio el nombre, redondo, de aquella Virgen con advocación de vocal y que veía aproximarse por el puente de Triana tras una fila de nazarenos morados. Lo mismo que en la película aparece la protagonista, pero en sentido inverso, hacia el abortorio.

Una tarde, lluviosa —qué raro— de Viernes Santo, escuchando la radio, el locutor relató algo que me sorprendió: la candelería del paso de la O llevaba los nombres de los niños que habían nacido gracias a una fundación bautizada con aquel extraño apelativo de abecedario.

Ya tenía el nudo de la historia.

Y así nació "En el último minuto". O mejor dicho, así fue concebida, porque nacer nacería, más o menos, un año más tarde, cuando mi viejo sueño se hizo realidad gracias a un puñado de amigos que me permitieron dar por primera vez en mi vida la voz de "¡acción!" a las puertas de la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la O, Triana pura.

Pero volviendo al principio, lo más importante que le puede pasar a alguien en el último minuto de su vida es que no sea el último, porque otro alguien haya decidido que su vida continúe, que no desaparezca, y que sólo Dios disponga de ella.

Y lo más importante que le puede pasar a alguien en un minuto cualquiera de su vida es que decida franquearle el camino a otro alguien en sus entrañas, para que ambas vidas sigan adelante al unísono.

Eso es "En el último minuto", una invitación a tratar a la vida como queremos que la vida nos trate. A esta aventura, que para mí era una quimera hace poco más de un año, se han ido subiendo, apenas se les hablaba de ella, muchas personas (más de medio centenar) que tienen muy claro cuanto acabo de mencionar. Son jóvenes, mayores y niños que no tienen el cine como profesión. Los hay de la más diversa extracción, aunque predominan —¿por qué será?— las mujeres. Nadie ha cobrado un duro. Yo he dedicado parte de mis ahorros a comprar lo necesario para rodar y montar con un mínimo de calidad técnica. Ellos han puesto ilusión, ganas, esmero y una entrega prodigiosa que se ha visto gratificada por un gozo inusitado: el de hacer juntos una película porque creemos en la vida y queremos vivirla haciendo algo por los demás. Por los más indefensos y por sus madres. Por una sociedad que envejece y no sabe cómo hacerlo. Por un mundo mejor, que, por cierto, es el lema de un guión procesional que se saca en la primera cofradía que sale a la calle en la Semana Santa de Sevilla.

Yo sólo puedo sentir un agradecimiento sin límites. Hacia ellas y ellos, que han hecho posible este milagro sin presupuesto ni subvenciones. Hacia la Hermandad de la O y Pro Vida Sevilla, que nos han acogido como si nos conocieran de toda la vida (y en parte, así era). Y sobre todo hacia Él —ya saben—, que ha salido a nuestro encuentro en los momentos de triunfo y en los más difíciles, cuando parecía que estábamos "en el último minuto" de esta obra coral que ha ido sumando voluntarios en cuyos ojos me ha parecido ver que presentían lo que estaban viviendo. El anhelo, la esperanza, la energía de un crío al que le queda toda la vida por delante, han estado presentes en la elaboración de esta película y del documental que la acompaña, hasta formar, como esas bolas de cera que los niños ponen bajo el cirio goteante, un cúmulo de amistad que confío en que sea duradera.

Como pequeño regalo, ya que no puedo pagaros de otra forma, os doy, miembros del amplio equipo que ha sacado adelante esta gestación, una muy elocuente anécdota.

Hablaba antes de la Providencia. Pues bien. Andaba yo buscando una actriz a la que dirigirme, con la advertencia previa de que en esto no había dinero de por medio, para pedirle que encarnara (qué a propósito la palabra, ¿no?) a la María de nuestro guión. Juan Jesús de Cózar, que había trabajado en otra cinta entonces aún no estrenada, me puso unos minutos de una grabación hecha en el parque de María Luisa (donde nosotros después también rodaríamos) en los que una muchacha, bellísima, ofrecía su testimonio de fe y acababa llorando. "Fue miss Sevilla, y trabaja en María Visión. Podríamos proponérselo, ¿no te parece?", me dijo mi amigo, a lo que accedí gustoso y deseando conocerla.

A partir de ahí, la generosidad de Pilar Domínguez hizo posible lo demás. Pero no es ésta la anécdota que quería contaros. Unos meses antes, cuando más agobiado me veía para encontrar actriz sin caché, estaba un domingo en misa, en la parroquia de mi colegio y el de mis hijos, en compañía de ellos y de mi mujer. Cuando ya estábamos sentados, ocupó el banco delantero una familia. En ella había una pareja joven. No sé cómo, pero por detrás aquella chica llamó poderosamente la atención por su encanto. Cada vez que se volvía un poco, descubría un perfil que, sinceramente, me distrajo una y otra vez de la misa. Yo no paraba de pensar, con su dosis de rabia: "¡Ay, si yo contara con esta jovencita como actriz!". Acabada la misa, y cenando en casa, comentamos la hermosura de aquella criatura. Y después, todos lo olvidamos. Bueno, todos menos mi hija Beatriz, actriz también en esta película —aunque con la cara vuelta— y cuya memoria atrae a los elefantes africanos que vienen a consultarle dudas.

Llegado el día del primer rodaje, el 16 de marzo de 2013, y ya de vuelta a casa, Beatriz iba con su madre. Ésta, curiosa, le dijo."Y a mí que me suena la cara de la actriz". A lo que, como un resorte, contestó nuestra hija: "Claro, mamá. Es la chica que se sentó delante aquella tarde en misa."

Bueno, quien se resista a creer que la Justicia viene de lo alto, que siga pensando en las casualidades. Yo, por si acaso, voy a pedirle el próximo casting a San Pedro.

Esto, y mucho más, ha sido "En el último minuto". Nuestra película. Vuestra película. Gracias a Dios.


Ángel Pérez Guerra

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